" El camino de la memoria "

En la ciudad gaditana de El Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros -Mazzantini-, había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado La arboleda perdida .

Todo era allí como un recuerdo: los pájaros rondando alrededor de los árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas pretéritas; el viento trajinando de una retama a otra, pidiendo largamente copas verdes y altas que agitar para sentirse sonoro; las bocas, las manos y las frentes, buscando donde sombrearse de frescura, de amoroso descanso. Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

" Sueño del marinero "

Yo, marinero, en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,
sueño en ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares,
al sol ardiente y a la luna fría.

¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares
islas del norte! ¡Blanca primavera,
desnuda y yerta sobre los glaciares,
cuerpo de roca y alma de vidriera!
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
bajo el plumero azul de la palmera! [...]

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.

MONASTERIO DE LA VICTORIA (Penal de El Puerto)

Sólo una vez había estado con ella, sentido de cerca y, muerto de cortedad, rozado su mano en un jardín oscurecido del paseo de la Victoria, frente al Penal, aquel triste penal de El Puerto que tantos ayes ha arrancado a la garganta del cante jondo.

-¿Conoces a Milagritos? -me gritó, volviéndose de súbito, encendida de azoramiento, una amiga de mis hermanas que la acompañaba aquella tarde.

Yo, que las venía siguiendo a distancia desde el camino de la playa, no tuve tiempo de esconderme o de salir corriendo, por lo imprevisto y rápido de la pregunta. Me acerqué, tembloroso, agolpada toda la sangre en la cabeza, marchando mudo junto a ella por una larga avenida. La noche se entraba, mientras que Milagritos, con la cercana retreta del Penal, iba fundiéndose a mi lado, desvanecida en el aroma umbroso del paseo. Entonces, sentí cómo se arrancaba del gabán un botón alto, ya medio desprendido, dejándolo disimuladamente en mi mano, sin duda como prenda romántica de nuestro primer encuentro.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

CONVENTO DEL ESPÍRITU SANTO

Hija y hermana de católicos maniáticos [la madre de Rafael Alberti], era lógico que buscase consuelo a sus soledades y tristezas en las misas conventuales del Espíritu Santo, los cuchicheos monjiles a través de los recios pinchos de las clausuras, los Jueves Eucarísticos, la Orden Tercera y oraciones al toque de Ánimas por capillas oscuras, a las que solía llevarme.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

PUENTE DE SAN ALEJANDRO

Volvíamos mi hermana la pequeña, a quien llamábamos Pipi, mi hermana Milagros y yo, agobiados bajo nuestro hacecillo de ramas de Navidad, custodiados por el arrumbador, que nos seguía más despacio, coronada de altos brazos de pino la cabeza, lo mismo que un guerrero shakespeariano de la selva de Birnam. Así pasábamos a la otra banda del río por el puente de San Alejandro y, así, como los hijos del bosque, las calles principales de El Puerto hasta llegar a nuestra casa. Claro que sin perder a la Centella , que iba siempre delante.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

RÍO GUADALETE

El Puerto de Santa María -antiguamente Puerto de Menesteos-, a la desembocadura del Guadalete, o río del Olvido.

[...] Cuando volvíamos los hermanos de pasear por la ribera del vapor en compañía de nuestra madre, nos tropezamos con papá, color de oliva y descompuesto, al doblar una esquina. Era que mi abuela Josefa acababa de fallecer en una finca de sus hijos, a cinco o seis kilómetros de Buenos Aires.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

" Correo "

Carta.
¿De dónde ha venido?

Carta tengo.
¿De quién será?

Un sello trae, de España
sellado en puerto de mar.

-Regata de las banderas.
Doce lanchas cañoneras,
haciendo salvas al alba
de S. M. la Reina.

Cucaña, en el río.
Casetas de feria.
Girando, los tios-vivos.
¡Luz del último cohete!

(¡La novia que se divierte!)

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.

CASTILLO DE SAN MARCOS

" De Burgos a Villarcayo "

De Burgos a Villarcayo
Castilla tiene castillos,
pero no tiene una mar.
Pero sí una estepa grande,
mi amor, donde guerrear.

Mi pueblo tiene castillos,
pero además una mar,
una mar de añil y grande,
mi amor, donde guerrear.

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.

CALLE NEVERÍAS

¡Adiós calle de las Neverías, calle de los sorbetes de colores y de los helados veraniegos, vergeles de las orillas del río, puente de San Alejandro, esteros y salinas! Adiós infancia libre, pescadora, de patios y bodegas profundos! Serás ya siempre en mi recuerdo como una barca de claveles, con las velas de albahaca, cabeceante por una mar de jazmines perdidos...

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

COLEGIO DE LAS CARMELITAS

En la época de la cartilla y el Catón, en el colegio de las Hermanas Carmelitas, el imperio de mis tíos Fernando, Miguel, José María o Guillermo no se me manifiesta.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

De mi infancia en aquel colegio de monjas, recuerdo más que nada un jardín enchinado en el que había un retrete -diminuto lugar conocido por “el cuartito”- adonde la preciosa hermana Jacoba y la finísima hermana Visitación llevaban a los niños más chicos, volviendo ambas muchas veces rociadas de pis los feos zapatos. Aquel jardín con sus cuatro muros de cal, cubierto solamente por un nutridísimo báncigo, a ciertas horas con más gorriones que flores, guarda seguramente el eco de mis primeros juegos, de esos primeros gritos y cantos ya claros y preciosos en el nacimiento de la memoria:

Las hermanas carmelitas,
con delantales azules,
se parecen a los cielos
cuando se quitan las nubes.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

Pero yo era ya todo un hombre para andar entre las niñas y hacer que la bella hermana Jacoba y la alegre Visitación me llevasen al “cuartito”, bajándome los pantalones para el pis u otras cosas más feas. Por eso mi madre me mandó al colegio de doña Concha, de la que recuerdo más que nada su odio a las Carmelitas y demás escuelas de párvulos, por considerar esta vieja señora, muy económicamente pensando, que todos los niños de El Puerto debían ser sus alumnos. Con doña Concha aprendí algo de Historia Sagrada, impresionándome mucho la de José, vendido por sus hermanos a los mercaderes de Egipto; algo de suma y multiplicación; nada de división y resta, llegando a pronunciar el catecismo de Ripalda con un cortante acento casi vallisoletano, tan difícil para un niño andaluz. Porque la mayor crítica que mi nueva maestra dirigía a las monjitas era eso: la falta de buena dicción en todos aquellos inocentes que salían de sus azules delantales. ¿Para qué, entonces, lo ordenaba la Doctrina en el primer capítulo? ¿Para mofarse de ello?

...Bien pronunciado
creído y obrado,
digámoslo así:
Padre nuestro, etc., etc.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

CASA DE LA CALLE SANTO DOMINGO (Actual sede de la Fundación Rafael Alberti)

Vivíamos por estos años en una de la calle Santo Domingo, con un patio de losas encarnadas y un gran naranjo en el centro. Tan alto era, que siempre le conocí podadas sus ramas superiores. Así el toldo contra el sol del verano no sufría, al extenderse, sus desgarraduras. El pie del tronco lo abrazaban varios círculos de macetas, todas de aspidistras oscuras y jugosas. Bajo la escalera que arrancaba del patio y subía al primer piso, se agachaba la carbonera, el cuarto lóbrego de los primeros castigos y terrores. Enfrente, pero siempre cerrado, estaba el del Nacimiento, que sólo podía abrirlo unos días antes de Navidad quien guardaba durante todo el año la llave: Federico.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

" A José Bello "

¡Qué altos
los balcones de mi casa!
Pero no se ve la mar;
¡Qué bajos!

Sube, sube, balcón mío,
trepa el aire, sin parar;
sé terraza de la mar,
ser torreón de navío.

-¿De quién será la bandera
de esa torre de vigía?

¡Marineros, es la mía!

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.

IGLESIA PRIORAL

Al caer la tarde, entre dos luces, ¿quién no ha visto temblar las calles de El Puerto de caballeros perfectamente borrachos? Unos, serios, dignos, camino del camarín de Nuestra Señora de los Milagros, para rezarle una devota Salve arrodillados y sollozar, a veces, en lo oscuro, llena el alma de remordimientos...

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

Un tío político de mi madre, don Manuel Docavo, siempre que regresaba de la Prioral, después de las vísperas, se metía, vertiginoso, en la cama, quitándose solo los calcetines, con los que a modo de guantes, se calzaba las manos para continuar su lectura devota.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

" De 2 a 3 "

Las 2 en la vaquería.

La luna borda un mantel,
cantando, en mi galería:

-Una niña chica,
sin cuna, jugando.
La virgen María
la está custodiando;

Tres gatitos grises
y un mirlo enlutado;
la araña hilandera
y el pez colorado;

un blanco elefante
y un pardo camello;
y toda la flora del aire,
y toda la fauna del cielo.

Tín,
tín,
tán:
Las 3 en la lechería.

Tón,
tón,
tán:
Las 3 en la prioral.

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.

" La Virgen de los Milagros "

La Virgen de los Milagros
es la patrona del Puerto.
Para el ocho de septiembre,
se asoma al balcón del río.

Las aguas del Guadalete,
soñando, van de verbena.
San Alejandro, alto puente,
biznaga de farolillos.

La Virgen de los Milagros
era una Virgen guerrera.
Bajó del cielo a la frente
coronada de un castillo.

-La playa azul del Atlántico
es un clavel negro y frío.
El faro verde de Cádiz
le raya de añil la arena-.

La Virgen de los Milagros
no baja nunca a las playas.

San Fernando manda al Puerto
una lancha cañonera.

¿Para quién, galera mía,
para quién ese cantar?

¡Búcaro fino del mar,
poroso de azul salado,
quién te pudiera quebrar!

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.

CALLE DE LAS CRUCES

Aunque entonces sufría y me desesperaba, mudo, por el amor de mi tía Gloria, era de Milagritos, una muchachilla de la calle de las Cruces, camino del colegio, de quien verdaderamente estaba enamorado.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

El muro de la azotea de Milagritos arrancaba de la parte más baja del caserón, sólo de una planta. Un atardecer de ejercicios espirituales, dueños ya de su llave inmensa, comida de moho, abrimos, como si fueran las del Paraíso, las puertas que iban a acercarnos, por desconchados corredores, alcobas y lavaderos de ratas, a los ojos, a la sonrisa, tal vez a la mano de ella, siempre allá arriba, solitario angelote rosicler, un poco inflado, a la espera de vernos pasar por su calle a esa hora.

Cuando después de un insistente y miedoso siseo logramos que Milagritos nos mirara, ruborizada y sorprendida, desde lo alto, el espanto a ser descubiertos, a que la enfadáramos con aquella osadía, o a que su madre apareciera, todo eso complicado en mí con un desconocido golpear de la sangre contra las sienes, nos martilló la lengua de tal modo que la aventura se redujo a un arrobado y triple silencio, roto tan sólo por un grito largo, subido de no sabíamos dónde, ordenando a nuestro amor que bajara a cenar inmediatamente.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

EL COLEGIO DE SAN LUIS GONZAGA

El colegio de San Luis Gonzaga era muy hermoso. A su enorme extensión y cabida de alumnos debía el ser conocido en toda España por “el colegio grande”, así como el madrileño de Chamartín de la Rosa había logrado su distinción de “el gran colegio” por la calidad aristocrática de muchos de sus educandos. Reveladora diferenciación, muy dentro del espíritu de la Compañía.

La situación de aquél de El Puerto, ya en las afueras de la ciudad, era maravillosa. Se hallaba limitado: por la vieja plaza de San Francisco, con sus magnolios y araucarias, próxima a la de los toros, que nos mandaba en los domingos de primavera, a los alumnos castigados, el son de sus clarines; por una calle larga de bodegas, con salida a un ejido donde pastaban las vacas y becerros que despertaron en mí y otros muchachos esperanzas taurinas, y por el primor del mar de Cádiz, cuyo movimiento de gaviotas y barcos seguíamos, a través de eucaliptos y palmeras, desde las ventanas occidentales del edificio, en las horas de estudio.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

Pero quizás tú no sepas, Modesto, cómo acabaron mis pretensiones toreras. Tú conocías muy bien a Manolillo el barbero, el de la calle Luna, gran aficionado. A él se le ocurrió, una de las veces que me trasquilaba, dejarme la coleta. De sus manos salí aquel día con un poco de pelo, que me asomaba bajo la coronilla como la nariz de un gran garbanzo. Al principio no se notaba, y sólo se lo confesé, mostrándoselo con orgullo, a Benvenuti, que era quien más en serio pensaba convertirse en matador de toros. A los dos meses, aquello había crecido demasiado, obligándome a quitarme apenas la gorra y a tapármelo en clase con la mano, adquiriendo así una forzada postura de alumno pensativo bastante sospechosa. Pero al fin llegó el día en que mi secreto lo iba siendo a voces. Un hermano mío ya lo sabía y hasta algunos pequeños de instrucción primaria, a quienes de cuando en cuando yo les dejaba tocar aquel rabillo trenzado, imposible ya de esconder y sujetar entre el resto del pelo, a distinto nivel. Y llegó la denuncia. Fue en clase de francés. Un interno que tenía detrás. Descuido mío. Una imprudencia de la mano que me servía de tapadera. El interno (no recuerdo su nombre) tuvo que descubrirlo. Era demasiado notorio, demasiado indecente aquel colgajo. ¡Horror! Una carcajada.

-¿Qué significa esto?

-Mire, padre Aguilar.

Éste se levantó, severo, interrogante, pero sin descender del estrado.

-Explique los motivos de esa risa.

-¡La coleta de Alberti! ¡Mire, mire!

Gran escándalo. La clase entera, de pie. Y la mirada del padre Aguilar, dura, como un estoque, entrándome en el alma. La vergüenza creo que me hizo enrojecer hasta las raíces del amenazado símbolo taurómaco, que yo trataba de ocultar aún entre mis dedos temblorosos.

-¡Silencio! -ordenó el profesor de lengua francesa.

Entonces Benvenuti, que se hallaba sentado junto a mí, sacando un cortaplumas desafilado, mohoso, de esos que anuncian el coñac Domecq, me la cortó de un terrible tirón inolvidable, lanzándola sobre la mesa del padre Aguilar, quien con un irreprimible gesto de asco la arrojó al cesto de los papeles. Ya sin coleta me sentí derrotado, viejo, como ese lamentable espada cincuentón que sobrevive a sus triunfos.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

" Los ángeles colegiales "

Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras
ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos.

Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda
y que un eclipse de luna equivoca a las flores
y adelanta el reloj de los pájaros.

Ninguno comprendíamos nada:
ni por qué nuestros dedos eran de tinta china
y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.

Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada
y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.

Alberti, Rafael. Sobre los ángeles.

LAS DUNAS

¡Las dunas! Durante las rabonas, que decidí conocer y disfrutar a principios del tercer año, ellas fueron, con su arena dorada y movediza, mi refugio ardoroso, mi fresca guarida, mientras las duras horas de matemáticas y los rosarios del atardecer. Bajo unos árboles como verdes bolas, que por allí llaman transparentes, quizás a causa de lo separado y largo de sus ramas, sólo pobladas en los extremos, nos instalábamos, tomándolos por tiendas. ¿Alegres bienteveos desde donde, enterrados los libros y las ropas, bajábamos a la orilla ya desnudos, libres de teoremas y ecuaciones!¡El mar de Cádiz!¡Qué armonía, que rayadora claridad me traen estas palabras!

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

" El ángel de arena "

Seriamente, en tus ojos era la mar dos niños que me espiaban,
temerosos de lazos y de palabras duras.
Dos niños en la noche, terrible, expulsados del cielo,
cuya infancia era un robo de barcos y un crimen de soles y de lunas.
Duérmete. Ciérralos.

Vi que el mar verdadero era un muchacho que saltaba desnudo,
invitándome a un plato de estrellas y a un reposo de algas.
¡Sí, sí! Ya mi vida iba a ser, ya lo era, litoral desprendido.
Pero tú, despertando, me hundiste en tus ojos.

Alberti, Rafael. Sobre los ángeles.

LAS PLAYAS

Cada día me gustaban menos los libros, estudiar. En clase, y durante varias semanas, me pasé llenándoles los márgenes blancos de pequeños Balvaneras , seguidos melancólicamente por una abierta V de gaviotas. Las rabonas aumentaron. Mientras que en casa, después de la fingida vuelta del colegio, me dedicaba a copiar exactamente el anuncio del barco, en la playa y por la orilla del Guadalete iba llenando las hojas de un cuaderno con acuarelas y dibujos de paisajes marítimos, levantando generalmente al fondo de ellos la relumbrante sal de las salinas, petrificada en pirámides, los castillos de Santa Catalina y de la Pólvora, sin faltar nunca Cádiz, diluido entre mástiles y brumas de chimeneas.

Alberti, Rafael. La arboleda perdida.

... Y ya estarán los esteros
rezumando azul de mar.
¡Dejadme ser, salineros
granito del salinar!

¡Qué bien, a la madrugada,
correr en las vagonetas
llenas de nieve salada,
hacia las blancas casetas!

¡Dejo de ser marinero,
madre, por ser salinero!

Alberti, Rafael. Marinero en tierra.