Con quien Ignacio [Sánchez Mejías] se encontraba realmente bien era con nosostros. Tanto, que un día nos metió a todos en un tren y nos llevó a Sevilla. Al Ateneo. Había arreglado con su presidente, don Eusebio Blasco Garzón -muerto aquí, en Buenos Aires, después de haber sido cónsul en la Argentina durante nuestra guerra-, una serie de lecturas y conferencias a cargo de “los siete literatos madrileños de vanguardia”, como nos llamó El Sol, o “la brillante pléyade”, según un diario local a nuestro arribo. Componíamos tan radiosa constelación: Bergamín, Chabás, Diego, Dámaso Alonso, Guillén, García Lorca y yo. Lo más divertido durante el trayecto fue la confección de un soneto, compuesto entre todos, en honor de Dámaso Alonso, en el que resultaron versos tan imprevistos como éstos:
Nunca junto se vio tanto pandero
menendezpidalino y acueducto.
Aquellas veladas nocturnas del Ateneo tuvieron un éxito inusitado. Los sevillanos son estruendosos, exagerados hasta lo hiperbólico. El público jaleaba las difíciles décimas de Guillén como en la plaza de toros las mejores verónicas. Federico y yo leímos, alternadamente, los más complicados fragmentos de las Soledades de don Luis, con interrupciones entusiastas de la concurrencia. Pero el delirio rebasó el ruedo cuando el propio Lorca recitó parte de su Romancero gitano, inédito aún. Se agitaron pañuelos como ante la mejor faena, coronando el final de la lectura el poeta andaluz Adriano del Valle, quien en su desbordado frenesí, puesto de pie sobre su asiento, llegó a arrojarle a Federico la chaqueta, el cuello y la corbata.
[...] Aquella misma noche, fiesta en Pino Montano, la hermosa residencia de Sánchez Mejías en las afueras. Al llegar, lo primero que a Ignacio se le ocurrió fue disfrazarnos de moros, enfundándonos en unas gruesas chilabas marroquíes que harían derramarnos en sudor hasta la madrugada. No reunión de corte califal, sino coro grotesco de zarzuela, parecíamos todos en el acto, destacándose como el moro más espantable Bergamín, y Juan Chabás como el más apuesto y en carácter. Se bebió largamente. Y desde el fondo de aquellas vestimentas recitamos nuestras poesías. Dámaso Alonso asombró al auditorio diciendo de memoria los 1.091 versos de la “Primera Soledad” de don Luis. Federico representó aquellas repentinas ocurrencias teatrales suyas tan divertidas, y Fernando Villalón hizo conmigo varios experimentos hipnóticos. Cuando más absurda y disparatada se iba volviendo aquella fiesta arábiga de poetas bebidos, Ignacio anunció la llegada del guitarrista Manuel Huelva, acompañado por Manuel Torres, el “Niño de Jerez”, uno de los genios más grandes del cante jondo. Después de unas cuantas rondas de manzanilla, el gitano comenzó a cantar, sobrecogiéndonos a todos, agarrándonos por la garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Parecía un bronco animal herido, un terrible pozo de angustias. Mas, a pesar de su honda voz, lo verdaderamente sorprendente eran sus palabras: versos raros de soleares y siguirillas, conceptos complicados y arabescos difíciles.
[...] Manuel torres no sabía leer ni escribir, sólo cantar. Pero, eso sí, su conciencia de cantaor era admirable. Aquella misma noche, y con seguridad y sabiduría semejante a las de un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética, nos confesó a su modo que no se dejaba ir por lo corriente, lo demasiado conocido, lo trillado por todos, resumiendo al fin su pensamiento con estas magistrales palabras: “En el cante jondo -susurró, las manos duras, de madera, sobre las rodillas- lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro de Faraón”, viniendo a coincidir, aunque de tan extraña manera, con lo que Baudelaire pide a la muerte capitana de su viaje: Au fond de l´inconnu pour trouver du nouveau!
¡El tronco negro del Faraón!
Como era natural, de todos los allí presentes fue Federico el que más celebró, jaleándola hasta el frenesí, la inquietante expresión empleada por el cantaor jerezano. Nadie -pienso yo ahora-, en aquella mágica y mareada noche de Sevilla, halló términos más aplicables a lo que García Lorca buscó y encontró en la Andalucía gitana que hizo llamear en sus romances y canciones. Cuando en 1931 el poeta de Granada publica su Poema del cante jondo, escrito varios años antes, en aquella parte titulada “Viñetas flamencas” aparece la siguiente dedicatoria: A Manuel Torres,”Niño de Jerez”, que tiene tronco de Faraón. Las palabras del gran gitano seguían fijas en su memoria.
Nuestro viaje a Sevilla culminó con la coronación de Dámaso Alonso en la Venta de Antequera. A mitad del banquete se presentó Antúnez, uno de esos graciosos que da el pueblo andaluz, para entretener a los comensales. Al final de un discurso verdaderamente surrealista, colocó sobre la testa reluciente de Dámaso una verde corona de laureles, “cortada según la crónica de Gerardo Diego sobre este suceso (Lola, 5) a un árbol vecino por las manos expertas ya en tales cosechas, de Ignacio Sánchez Mejías”. Fiesta de la amistad, del desparpajo, de la gracia, de la poesía, en la que aún resonaron los ecos -tal vez últimos- de nuestra batalla por Góngora.
Alberti, Rafael. La arboleda perdida. Primero y Segundo libros (1902 -1931).